lunes, 1 de agosto de 2011
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"Salí de allí, sin dar portazos, sin hacer apenas ruido. Salí de su vida, él salió de la mía, despacio y en silencio, como quien abandona un lugar donde ha vivido toda su infancia: sin prisas, rememorando cada momento que habíamos pasado juntos, cada uno de los sentimientos totalmente sinceros que le había entregado. Todo ello, junto con los recuerdos, los guardaría en mi corazón, bajo diez llaves, en un lugar que nadie jamás pudiera volver a abrir. Al igual que yo, que al cerrar el portal del majestuoso edificio, me hice a la idea de que jamás volvería a abrirlo con toda facilidad, que jamás caminaría por entre sus muros de nuevo, y lo hice llorando, derrumbándome allí, en el concurrido paseo, plagado de personas ajenas a mi cruda realidad. Y nadie me vio apoyarme en la enorme puerta y deslizarme poco a poco hasta quedar sentada en el suelo, sollozando, con las piernas dobladas pegadas al cuerpo y una sensación de estarme derrumbando en vida poco a poco, y teniendo en lo más hondo de mi corazón esa certeza de que nadie jamás iba a volver a dañarme como él lo había hecho."
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