Sucede que
llevas años esperando un milagro, un aliciente que despierte tu sonrisa dormida
en la parte más profunda de tu ser. Si es que los seres humanos somos así de
absurdos, que buscamos la felicidad en los lugares más insospechados, tratando
de sorprenderla para así lograr que permanezca eternamente en nuestras vidas.
Sin embargo, lo que no sabemos es que es ella la que espera al acecho tras la
niebla de las adversidades para aparecer de pronto, sin previo aviso, con la única
finalidad de ser valorada. Y cuando decides que estás cansada de esperarla y
adoptas esa patética postura de insensible, entonces sale de su escondite para
volverlo todo patas arriba.
Esa felicidad
aparece personificada, cómo no. Te pasas toda una vida controlándote para no
perder los papeles, para no volverte loca por ninguna clase de sentimiento, no
importa si es el más hermoso o el más malévolo. Pero llega un día en el que te
dejas consumir por la fuerza inevitable que desprenden los ojos de alguien en
quien quizás nunca habías reparado, mas en ese instante preciso la Tierra
parece cambiar de órbita y la presión de la atmósfera parece verse reducida a
una mera utopía. Entonces caes en la cuenta de que ya no hay vuelta atrás, de
que se te escapan las riendas de tu vida por vez primera. Y sabes que estás
perdida, que nada podrá salvarte de lo que viene a continuación.
No es algo
sencillo de explicar, créeme. Siempre he sido de la opinión de que para
enamorarse sobran las palabras, que son meros estorbos en un camino que solo
deberían recorrer los sentimientos. Pero llega un momento en el que nada es
suficiente, y es entonces cuando las palabras son las mejores cómplices que una
persona enamorada podrá tener jamás. Y tras tantas noches en vela, tantas cosas
que quedaron por decir y tantas sensaciones reprimidas, te das cuenta de que ya
no eres la misma que solías ser. Porque el amor nos cambia de pies a cabeza,
para bien o para mal y sin miramiento alguno. Y para cuando deseas dar marcha
atrás y volver a tus orígenes ya es demasiado tarde, porque el amor tiene el
poder absurdo de engrandecer a la persona a la que amamos, tanto como para que
llegue a ocupar toda nuestra existencia evitando dejar recovecos para nada más.
Nadie, absolutamente nadie, se salva de su poder abrumador, por más que
tratemos de evitarlo. Y por duro que sea, por muy difícil que nos lo pongan,
dejemos de ser cobardes de una vez. Quien no se atreve a luchar por algo tan
grandioso es simplemente un fracasado, un fracasado que prefiere ponerse la
venda en los ojos y no ver que en esta vida las personas valientes son aquellas
que tienen miles de miedos y aun así son capaces de enfrentarse a ellos. Los
seres humanos necesitamos comprender que nadie nace siendo valiente, que la
osadía es fruto de la perseverancia, el esfuerzo y, sobre todo, la paciencia.
Escúchame, mi
lucha no acaba aquí. No he terminado de jugar mis cartas, el miedo no me
paralizará, no esta vez. Esperaré mil años si es necesario, y lograré que el miedo sea cosa del pasado.
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