domingo, 29 de julio de 2012

Y el miedo será cosa del pasado



Sucede que llevas años esperando un milagro, un aliciente que despierte tu sonrisa dormida en la parte más profunda de tu ser. Si es que los seres humanos somos así de absurdos, que buscamos la felicidad en los lugares más insospechados, tratando de sorprenderla para así lograr que permanezca eternamente en nuestras vidas. Sin embargo, lo que no sabemos es que es ella la que espera al acecho tras la niebla de las adversidades para aparecer de pronto, sin previo aviso, con la única finalidad de ser valorada. Y cuando decides que estás cansada de esperarla y adoptas esa patética postura de insensible, entonces sale de su escondite para volverlo todo patas arriba.
Esa felicidad aparece personificada, cómo no. Te pasas toda una vida controlándote para no perder los papeles, para no volverte loca por ninguna clase de sentimiento, no importa si es el más hermoso o el más malévolo. Pero llega un día en el que te dejas consumir por la fuerza inevitable que desprenden los ojos de alguien en quien quizás nunca habías reparado, mas en ese instante preciso la Tierra parece cambiar de órbita y la presión de la atmósfera parece verse reducida a una mera utopía. Entonces caes en la cuenta de que ya no hay vuelta atrás, de que se te escapan las riendas de tu vida por vez primera. Y sabes que estás perdida, que nada podrá salvarte de lo que viene a continuación.
No es algo sencillo de explicar, créeme. Siempre he sido de la opinión de que para enamorarse sobran las palabras, que son meros estorbos en un camino que solo deberían recorrer los sentimientos. Pero llega un momento en el que nada es suficiente, y es entonces cuando las palabras son las mejores cómplices que una persona enamorada podrá tener jamás. Y tras tantas noches en vela, tantas cosas que quedaron por decir y tantas sensaciones reprimidas, te das cuenta de que ya no eres la misma que solías ser. Porque el amor nos cambia de pies a cabeza, para bien o para mal y sin miramiento alguno. Y para cuando deseas dar marcha atrás y volver a tus orígenes ya es demasiado tarde, porque el amor tiene el poder absurdo de engrandecer a la persona a la que amamos, tanto como para que llegue a ocupar toda nuestra existencia evitando dejar recovecos para nada más. Nadie, absolutamente nadie, se salva de su poder abrumador, por más que tratemos de evitarlo. Y por duro que sea, por muy difícil que nos lo pongan, dejemos de ser cobardes de una vez. Quien no se atreve a luchar por algo tan grandioso es simplemente un fracasado, un fracasado que prefiere ponerse la venda en los ojos y no ver que en esta vida las personas valientes son aquellas que tienen miles de miedos y aun así son capaces de enfrentarse a ellos. Los seres humanos necesitamos comprender que nadie nace siendo valiente, que la osadía es fruto de la perseverancia, el esfuerzo y, sobre todo, la paciencia.

Escúchame, mi lucha no acaba aquí. No he terminado de jugar mis cartas, el miedo no me paralizará, no esta vez. Esperaré mil años si es necesario, y lograré que el miedo sea cosa del pasado.

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