Tal vez todo esto es ley de vida. Primero te acostumbras a algo, con sus vaivenes y sus adversidades, y justo después se te aferra al cuerpo el inmenso miedo a perderlo. No importa cuánto tiempo pase, ni si confías plenamente en ello. No hay peor inseguridad que aquella que surge de la nada, sin razón alguna, que nos permite comprobar cuán humanos somos. Y me temo que ser humano es sinónimo de ser frágil. Frágil de corazón, frágil de determinación, frágil de fuerza de voluntad. Quizás la que nos salva es la capacidad de amar, pero ni siquiera estoy segura de ello. Lo que sé es que nadie vuela más alto que una persona enamorada, por muy bien que sepa lo que dolerá la caída.
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