sábado, 26 de marzo de 2016

Malditas sean las musas

Las estrellas del cielo, mi única compañía en esta noche de primavera, se alzan majestuosas sobre mí, permitiéndome divisarlas de una manera tan nítida que casi parece irreal. Y yo, que me dejo guiar por el silencio devastador que hay a mi alrededor, me dedico a pensar. Dicen que las madrugadas son para eso, pero tal vez se equivoquen. Algo en mí sigue recordándome que, desde que tengo uso de razón, estas horas intempestivas las he malgastado escondida tras la abrumadora sensación de haber vivido cien vidas paralelas. Quizás el problema de la mente es que es traicionera. Siempre fue mi peor enemiga, ¿para qué mentir? Si hace muchos años me percaté de que repetirme a mí misma una y otra vez las mentiras no iba a hacer que me las creyera.

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