martes, 1 de diciembre de 2009
Calma aparente, tormenta interior.
Calma aparente fuera de aquellas paredes, de duros cimientos, creadas para no derruirse ante realidades devastadoras, para soportar cualquier tipo de adversidad. Afuera, las nubes surcan el cielo, despacio, vagando por su inmensidad azul, cubriendo de gris este color. Se avecina una tormenta, de esas a las que es difícil anteponerse y soportarlas. El aspecto del cielo se asemeja al de su corazón, al de su interior en general. Debajo de aquellos tejados, aguarda para protegerse de las próximas lluvias alguien. Nadie la conoce, sólo ella sabe quién es... O quizás tampoco. La fría brisa la hace tiritar de frío, pero ya no le importa. Se ha insensibilizado a conciencia para evitar tantas decepciones que ya sufrió. Por cada trueno que oye a la lejanía, derrama una lágrima, a sabiendas de que esos truenos suenan también en su interior y la destrozan... Pero, ¿Debía importarle aquello? Toda ella es gris, cual nube cargada de lluvia. Pero entonces parece que el cielo se resiste a descargar su llanto sobre ella. Un solo llanto basta, cree que le susurra el viento, pero ella tampoco logra librarse de la opresión que le ciñe el pecho. Cuando logra darse cuenta, ha oscurecido. La noche se ha extendido majestuosa encima de aquellos tejados que la cubren de la inexistente lluvia, quizás de su lluvia interior. Deja atrás aquellas construcciones y se adentra en el frondoso bosque, en busca de quién sabe qué, cuando el cielo se decide, y al fin se empapa del llanto de las nubes. Se apoltrona en el suelo, solloza. ¿Qué le queda por perder? Muy poco... o nada. Allí se queda, esperando a que el tiempo elija su destino. ¿Qué podría importarle a ella? Al fin y al cabo, es sólo una marioneta del porvenir, como somos todos...
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