sábado, 27 de octubre de 2012

Για πάντα

Quizás sean estos los mejores arranques de locura, que en un momento te paras a pensar y observas todo lo que tienes, y maldices a aquellos que creen tener lo mismo. 
Dejamos ir toda una vida buscando alguien que nos acompañe, que guíe nuestro destino, casi tapándonos los ojos para no ver que solo unos cuantos tenemos la suerte de poseer esa persona desde el día en que nacemos. Esa persona que no se puede comparar con la simple amistad, que sabes que ninguna tormenta amedrentará cuando se trate de ayudarte o de consolarte. Esa persona que cuando se va origina un vacío más hondo que miles de océanos, pero con el tiempo aprendes que sigue ahí a través de los kilómetros. ¿Quién se atreve a comparar algo así con una amistad ordinaria? ¿Quién tiene el valor de llamar hermano o hermana a alguien que no lo es, alegando una amistad eterna e irrompible?
Muchos creen tener la suerte que he tenido yo, afirman haberla encontrado por el camino... Cuán equivocados están. Esta fortuna nos viene designada de nacimiento, sin haberla escogido, son el destino y el absurdo azar quienes escogen esta condición. Y yo, a través de miles de momentos de desasosiego, he tenido la suerte más grande que se le puede otorgar a una persona, la suerte de tener la certeza de que jamás estaré sola, de que aunque equivoque mi camino, siempre la voy a tener a mi lado.

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