domingo, 1 de septiembre de 2013

Y cuando reaparece me deja sin armas.

Detesto esa manera de volverme loca, esa forma de arrebatarme la voluntad. Aborrezco ese apremio con el que me insiste cada noche para que me adueñe de ella como antaño, cuando éramos una sola y formaba parte de mí, cuando la inspiración me visitaba con mayor frecuencia que de un tiempo a esta parte. No fui consciente de lo mucho que significaba en mi vida hasta que me vi ausente, me detuve frente a mi reflejo en un maltrecho y devastado espejo y no logré hacer fluir las palabras. Las había perdido de nuevo, no conseguía traer de vuelta esa magia que antes me embriagaba cada madrugada y que constituía el momento del día en el que mostraba mi yo más real, más puro, más sincero. Jamás dejé entrar a nadie en ese universo paralelo que formé para escapar, tal vez, de un mundo mezquino e incomprensible. Quizás sea diferente ahora porque ya carezco de razones para querer evadirme. Sin embargo, la magia de las palabras permanece a mi lado sin importar el tiempo que pase o lo que puedan llegar a cambiar los acontecimientos a mi alrededor.

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