Me miro a mí misma y tal vez no he cambiado tanto. Solía ser de las que piensan que son las circunstancias las que moldean a las personas, y que rara vez somos nosotros capaces de cambiar nuestra suerte. Sin embargo, echando un vistazo al pasado, me estremezco por la de cosas que di sin obtener nada a cambio, por la de tiempo que esperé a sabiendas de que lo hacía en vano.
De repente he evocado la sensación de ese tiempo: aquel año de altibajos, un verano protagonizado por el ansia de partir y la estela de los mil errores que cometí aun siendo consciente de ello. Cierto es que se ha esfumado todo rastro de aquello, que soy una persona nueva y con más fuerzas que nunca. Sin embargo, rememorar ese tiempo casi me causa escalofríos, y tiemblo porque morí por una causa perdida desde el principio y temo volver a repetir esa hazaña.
No obstante, me observo ahora y todo cobra sentido, incluso mis equivocaciones. He dejado de tratar de leer entre líneas, porque cuando se trata de la felicidad lo único que se logra es hallar fantasmas donde no los hay.
De repente he evocado la sensación de ese tiempo: aquel año de altibajos, un verano protagonizado por el ansia de partir y la estela de los mil errores que cometí aun siendo consciente de ello. Cierto es que se ha esfumado todo rastro de aquello, que soy una persona nueva y con más fuerzas que nunca. Sin embargo, rememorar ese tiempo casi me causa escalofríos, y tiemblo porque morí por una causa perdida desde el principio y temo volver a repetir esa hazaña.
No obstante, me observo ahora y todo cobra sentido, incluso mis equivocaciones. He dejado de tratar de leer entre líneas, porque cuando se trata de la felicidad lo único que se logra es hallar fantasmas donde no los hay.
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