domingo, 10 de noviembre de 2013

Open your heart, I'm coming home.

No sé si será el frío de la madrugada, la sobrecogedora nostalgia o los inquietantes recuerdos que traen consigo sensaciones de las que siempre quise huir. Sin embargo, no puedo escapar a la evidencia de que mi fondo de historias sin contar comienza a rebosar, a pesar de que en los últimos meses he sido más yo que en los casi diecinueve años que he pasado buscando mi lugar en el mundo. Y, como ocurre con todos los absurdos que se han cruzado por mi vida, me ha costado tiempo y un vehemente esfuerzo llegar siquiera a creerme lo que está sucediendo. Es hora de admitir que no era el miedo a volar lo que me impedía despegar.
He comprendido que la vida no espera, pero si nos damos demasiada prisa corremos el riesgo de adelantarla. Y qué bonito es saber que tenemos tiempo de sobra, qué maravilloso llegar a un punto en el que entiendes que el futuro es incierto pero esto no supone un motivo de desazón. Al fin he concebido que la felicidad no es asegurarse el porvenir anhelado, sino conocer de manera inequívoca lo que esperas que suceda en el camino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario