Ralentizas el mundo cuando anhelo algo de calma, y sabes cómo pisar el acelerador en cuestión de segundos cuando necesito sentir el vértigo de la velocidad desbocada. Y lo más aterrador y a la vez fascinante es que allá fuera nadie sabe quienes somos cuando se apagan las luces y el mundo real parece un poco más lejano, menos mezquino y, sobre todo, mucho más dichoso. Es como cuando empiezo a echarte de menos en el instante en que atraviesas mi puerta: el mundo no cambia con tu ausencia, pero la forma en que lo concibo cuando andas cerca no tiene nada que envidiarle a cualquier paraíso imaginable.
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