Cerrando los ojos no se evitan los sentimientos, ni las pérdidas, ni
la absurda congoja que causa el sabernos en constante cambio. Sin querer
dejamos atrás lo que somos, nos transformamos en cosas que antes jurábamos que jamás seríamos. Y qué curioso que quienes trataban de darnos lecciones de moral a los demás son quienes antes se vuelven unos extraños, de esos con quienes antes compartías tantos momentos dignos de recordar y a quienes hoy no dedicas más que un saludo cordial cuando la casualidad provoca un reencuentro. Lo que no sabemos es que la búsqueda desesperada de la felicidad divide vidas, que nos ciega por completo hasta el punto de soportar mil vejaciones por miedo a perder un bienestar que realmente no poseemos en absoluto.
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