Y hoy me he dado cuenta de que el mundo no puede estar compuesto de meras casualidades. ¿Qué tendría sentido si así fuera? Ese momento en el que desvías la mirada por caprichos del destino, observas a alguien y parece que todo se derrumbe a tu alrededor. ¿Cómo es posible que creamos que todo se basa en una sucesión aleatoria de acontecimientos que acatamos sin rechistar? Yo ya he llegado a la conclusión de que nada sucede porque sí. Cada paso, cada vivencia, todos los sentimientos que nacen y los que mueren tienen una razón para hacerlo. He visto reducido el azar a lo más ínfimo hasta desaparecer en su propia realidad absurda. ¿No será este una invención que justifica lo que somos y lo que un día llegaremos a ser? Siempre necesita el ser humano algo que respalde cada uno de sus actos, para bien o para mal. Y cuando llevas tanto tiempo a oscuras y de pronto se enciende una ínfima luz al fondo, te das cuenta de que aunque la vida te niegue ciertos privilegios en un momento dado, es el porvenir el que conserva unos mucho mejores para ti, y decides que no los sacrificarás bajo ningún concepto. Siendo sincera, yo hace poco que he dejado de creer en las casualidades.
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