Vivir es jugárselo todo en un instante, ese en el que te abandonas a tu suerte y te confiesas lo que sientes, y es como si te lanzaras a una piscina vacía con la esperanza de que se vaya llenando poco a poco y así cure las heridas de la estrepitosa caída. ¿Quién espera prevenir los daños que se puedan recibir antes de que estos den señales de existencia? Jamás funciona, solo sirve para caer desde más alto y obtener heridas aún más graves. Toda una vida, desde su principio más remoto hasta su final incierto, cambia de cabo a rabo cuando se toma la libre decisión de atreverse a amar. Y es como si se escapara la vida en un suspiro, como si todo lo que antes aliviaba tu sed se volviera irrelevante e innecesario. Y es que no hay nada ni nadie sea capaz de suplir lo que miles de grandiosos sentimientos ocasionan cuando aparecen sin previo aviso, y se implantan en una vida sin expectativas de marcharse...
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