Ya no era solo simple curiosidad que invadía todo mi cuerpo y me electrizaba sin remedio alguno. La necesidad de formular las miles de preguntas que tenía por hacerle nublaban mi entendimiento, y eran aún peor cuando, de vuelta a la realidad, me percataba de que no podía hacérselas. Estando él ahí, justo enfrente de mí, yo debía reprimir todos mis deseos por la absurda razón de no salirme del patrón. Como si a alguien le importara lo más mínimo. ¿Conocen esa sensación de que una persona en concreto acapara toda tu concentración, y quieres conocer cada mínimo detalle de su presencia, de su pasado, presente y futuro? Era así, algo similar, aunque con una intensidad que solía reprimir sin éxito, negándome a mí misma lo que sucedía por el miedo que me ocasionaba el saberme cayendo de nuevo en el abismo. Poseía tantos sentimientos que quizás todo habría sido perfecto si hubiese sido capaz de actuar en consecuencia.
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