Quien diga que las madrugadas en vela no dan para mucho, definitivamente jamás ha experimentado esa sensación de encontrarse a sí mismo tras haberse sentido perdido durante todo el día. Me detengo en la oscuridad de mí misma, tratando de rememorar los detalles que he pasado por alto en este tiempo tan convulso, e intento dejar mis miedos a un lado, porque son capaces de deformar hasta la más hermosa de las realidades. Mas ellos siempre vuelven, enmascarados y sin previo aviso, para recordarme que ando por un fino cable del que puedo caer en cualquier momento. Tal vez es cierto eso que dicen de que, una vez que sabes cuán doloroso puede ser el golpe, más temores te acechan. Sin embargo, nunca fui de esas que acostumbran a prevenir los daños antes de que existan, ni de esas que se dejan vencer por el miedo al fracaso. No busco la perfección, no deseo más que lo que tengo ahora, y he hallado de nuevo mi rumbo. Lo sigo a ciegas aunque tenga tanto que perder, porque no vivir es siempre peor opción que coexistir con el dolor de una vida de temores.
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