Hacía tiempo que deseaba escribirte, vieja conocida. Pero siempre se me presentaba el mismo contratiempo, la necesidad imperante de transmitirte tantos pensamientos, y que a la hora de plasmarlos se queden todos a las puertas. Te recuerdo bien, como si te hubiese tenido delante ayer, como la perdedora que fuiste. Tal vez ya no lo eres, quizás has dado la vuelta a tu fortuna, mas sabes que te conozco bien, que nunca me creí ni la mitad de las corazas que construiste a tu alrededor. Y sé que esta vez el miedo también ha logrado traspasar tu barrera de felicidad, porque todo sentimiento positivo irremediablemente trae consigo el temor a que termine, y tú no eres la excepción que confirma la regla, porque los miedos han sido siempre tus más fieles compañeros de viaje. Conmigo puedes ahorrarte el discurso de la victoria, porque la batalla más ardua, aquella que libras contra ti misma, ni siquiera te has atrevido a planteártela.
No puedo evitar preguntarme qué camino tomarás a continuación, mas sabes bien que no te quiero cerca, que cargué durante muchos años con tu peso sobre mis hombros y al fin he logrado deshacerme de tu presencia y de las consecuencias que acarreaba. Ahora soy yo la que está de vuelta, la que ha resurgido de las sombras.
No puedo evitar preguntarme qué camino tomarás a continuación, mas sabes bien que no te quiero cerca, que cargué durante muchos años con tu peso sobre mis hombros y al fin he logrado deshacerme de tu presencia y de las consecuencias que acarreaba. Ahora soy yo la que está de vuelta, la que ha resurgido de las sombras.
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