Me gusta pensar que el miedo es positivo, que se encuentra ahí para recordarnos cuán humanos somos: el miedo a perder a alguien, el miedo a que las cosas no salgan como esperas, e incluso el miedo que a veces nos tenemos a nosotros mismos. Si este no existiera, viviríamos todos impertérritos bajo el yugo de la apatía, sin la capacidad de lucha que nos caracteriza. ¿Acaso los temores no convierten al amor en un fenómeno todavía más maravilloso si cabe? ¿Qué sería de los enamorados si no nos importasen los sucesos, si nos mostrásemos impasibles? Esa es la magia, comprender que la verdadera antítesis del amor no es el odio, sino la indiferencia, y que cada fascinante momento viene de la mano con el miedo a que termine, no importa cuán impávidos creamos ser.
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