jueves, 7 de febrero de 2013

I have died everyday waiting for you

Dicen que el ser humano tiene más miedos e inquietudes cuando las cosas le van bien, que es menos nocivo el temor a no triunfar nunca que el miedo a caer tras haber triunfado. Supongo que ese pavor a no alcanzar nuestros objetivos justifica lo que somos, lo que queremos y la evolución que experimentamos a lo largo de nuestra vida.
Quizás en el momento en el que fallas, ese en el que caes de nuevo en la incertidumbre del fracaso, es cuando menos piensas que todo sucede por algo y que las adversidades suceden para que sepamos apreciar los más hermosos momentos. Pero solo nosotros mismos tenemos la capacidad de disipar las nubes de nuestro cielo. Sí, lo sé, somos seres humanos y nunca hemos sido tan autosuficientes como hacemos creer a los demás. Todos, sin excepciones, necesitamos a alguien que, sin llegar a anularnos, complemente quienes somos y qué objetivos deseamos alcanzar. Y cuando al fin creemos haberlo encontrado, todo vuelve a cambiar.
Siempre tomamos por dementes a aquellos que dicen que el amor aparece cuando menos lo esperas, que si lo fuerzas casi ni vale la pena, y que cuanto menos lo buscas más rápido lo hallas. Sin embargo, no importa el momento ni el lugar, ni siquiera si crees amar a otra persona. De pronto, aparece alguien que te hace sentir como en casa, que te recuerda cómo sabe la victoria, y te preguntas qué has hecho durante tantos años de tu vida sin su presencia. Aunque todo parece menos lógico y más extraño, todas las piezas de tu puzle vital comienzan a encajar una por una. Y apuestas todas tus esperanzas, aunque te aterra volverlo a perder todo. Pero así es el juego, amigos, no existe amor a medias, es un todo o nada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario