jueves, 28 de febrero de 2013

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Todo se me vuelve a hacer demasiado: demasiado duro, demasiado absurdo, demasiado ilógico. Y el miedo va creciendo a medida que pasan las horas, porque significan sesenta minutos más de tu ausencia, y se me antojan eternidades más extensas de lo que nunca estuve dispuesta a soportar.
Detesto la lástima. Probablemente no sea esta la mayor adversidad que habré de soportar durante el resto de mi vida, y quizás esta cuesta no se me esté haciendo tan escarpada como creí que sería. Sin embargo, para quien un día lo tuvo todo, es difícil acostumbrarse a un casi todo.
El tiempo corre, y aunque soy feliz porque todo sigue igual que antes, cada noche trae consigo nuevas melancolías, así como ese indomable temor a ser la culpable, a no haber hecho lo suficiente, o quizás a no haber dado la talla.
¿A quién quiero engañar? Si sigo ahí es porque sé que esto vale la pena.

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