La última madrugada de este año no sería tan especial como unos la ponen si no fuera por las infinitas singularidades que tiene, y la facilidad con la que los recuerdos de estos días llegan en tropel a mi mente. No ha sido un año malo en absoluto. La sensación mas significativa que recuerdo de estos trescientos sesenta y cinco días es la de saberme esperando algo. Aún recuerdo cómo comenzaba, con las expectativas tan altas que derrumbarlas poco a poco ha sido un duro golpe. Al final no he cambiado nada de lo que me propuse, y sigo siendo la misma tonta asustadiza y con miles de objetivos por cumplir. Y sigo esperando algo que no llega. Sin embargo, este año lleno de altibajos me ha servido para experimentar sentimientos tan intensos como el amor o la desesperanza en su parte más cruda e insensible, y he aprendido tantísimas cosas de él que por nada del mundo volvería el tiempo atrás.
Reconozco que cuando pienso en estos últimos doce meses que se me escapan tan pronto de las manos, existe un diferenciado punto de inflexión que lo divide en dos etapas. Aun así, aunque temo no lograr mis cometidos, sé que este será el año en el que se produzcan todos esos cambios que tanto tiempo llevo posponiendo.
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