Tenía miedo de haberla olvidado, de haberle perdido la pista entre los retales de esa parte de mí que ya logré dejar atrás. Temía que su compañía vivificante se marchase cuando llegase hasta mí la certidumbre, y que yo terminara por olvidar los desvelos en su presencia, las noches de infinita calma acariciando sus recovecos, volando a través de sus misterios e inventando con ella nuevos mundos que suceden simultáneamente en alguna parte de mi disparatada mente. Siempre me he preguntado cómo es posible que algo tan abstracto haga que mi universo se vuelva más concreto que el cemento, que vuelva a poner los pies en la tierra tras tanto tiempo de vuelo lejano en búsqueda de nuevas sensaciones y viviendo rodeada de esa magia que la vida te otorga en tan pocas ocasiones.
Sin embargo, por muy lejos que logre llegar, ella siempre me alcanza y me trae de vuelta a quien soy, envolviéndome con el infinito hechizo de las palabras. Porque las palabras nunca te abandonarán a tu suerte. Ellas están ahí, durante cada segundo que marca la manecilla del reloj, para lograr hacerte olvidar las adversidades o ayudarte a rememorar los momentos más hermosos.
Y tal vez sea la única que piensa que escribir y volar deberían ser sinónimos.